Mundo Global Opinión Política Sin categoría

Nostálgico Retorno, Una Vuelta al Laberinto

Laberinto del Homo Sapiens

Uzziel A. Marroquín Pérez

 

Nostálgico retorno, una vuelta al laberinto

Hace años un servidor dejo la actividad de escribir, es quizás un nuevo comienzo, quizás una vuelta de vista al pasado que nostálgicamente ha permanecido en el pensamiento de todo individuo sin hacer excepción en el propio.

Independientemente de la individualidad propia o de terceros, mismos que se guardan con recelo y resiste a la homogenización del colectivo expandido mediante los medios electrónicos denominados redes sociales, es imperante retornar. Voltear a ver el pasado pero sin dejar de avanzar al futuro desconocido, pero esperado, según lo sembrado e incierto. Atrapado entre la estandarización de la aceptación colectiva y el conflicto interno, entre pertenecer a una generación y al mismo tiempo resistirse a serlo. Porque ello implica perder lo más preciado de todo individuo: su individualidad. No dejamos de ser hijos de nuestro tiempo, pero tampoco podemos ser presas del mismo. Tratar de forjar algo nuevo, crear el milagro de la innovación (parafraseando a Arendt). Es por lo anterior que hemos de comenzar de nuevo, despertar de un letargo no de inactividad, pero sí de observación. Para comenzar a dejar de recibir y percibir, e iniciar en la senda de la manifestación y brotar a la luz de lo conocido. Dejar la caverna platónica e invocar a la naturaleza no bruta sino intelectual. Iniciar de nuevo con lo perdido, iniciar de nuevo con lo anhelado, iniciar de nuevo con la esperanza de comenzar a ser individuo. Dejar de ser engrane de maquinaria para ser relojero.

Lo anterior es quizás en lo personal un sentimiento apartado del colectivo, pero quizás no. Los hombres quizás hemos vivido y buscamos ser cíclicos, iniciar y retornar al inicio. Como el viajante trotamundos que parte de su natal a explorar, pero que en algún momento impulsado por el sentimiento de la nostalgia retorna, manifestado no solo en lo individual, sino en lo colectivo. Con lo anterior me refiero a las decisiones que tomamos en lo grupal y como ciudadanía. Con esto me refiero a la eterna esperanza del inicio de lo nuevo, pero que al término de su temporalidad termina decepcionando, y no totalmente por falta de alcance, sino por exceso de esperanza.

Exceso de esperanza que genera ideas colectivas de un bienestar “fantasioso”, impulsado por la retórica de un pasado magnificado con verdades a medias y realidades ficticias. Plasmada en la literatura forjada por los reconocidos victoriosos, para educar al colectivo crédulo de lo antisísmico y catártico de lo establecido. Aunque este último sea cierto y lo primero una falacia, pero fantástica. El ideario colectivo no siempre conecta con la realidad verdadera o ficticia, tiende a totalizar las posturas acotando en el ring público la libertad de expresión. Con esto, la individualidad.

México atraviesa una transición o, para otros, una alternancia. El retorno del nuevo inicio de la esperanza de quienes y quién recaen las expectativas de transformar las viejas prácticas en honorables acciones. Es la expectativa generalizada de quienes confían. Que seguramente tuvieron la misma esperanza hace seis años con el gobierno saliente que, por cierto, no ha dado luz de vida, sino todo lo contrario, y que ha dejado un enorme rencor social sobre lo que no “hizo” y ofreció saber hacerlo. Un nuevo tlatoani se ha alzado con una fuerza política no conocida por esta generación, sino de la de nuestros padres. De quienes lucharon en algunos casos por la libertad de elección, la pluralidad y sobre todo la democratización. Misma que se ve amenazada (o bien es el ideario de otro colectivo, que quizás así quiere se vislumbre), pero que poco importa ante la esperanza de alcanzar el bien anhelado, el salto de la condición social.

Transición, anhelos, esperanza, nuevo comienzo, son las batutas por la cual enfrentamos la polarización manipulada quizás más grande conocida, para legitimar decisiones y evadir costos políticos a futuro. El “pueblo sabio” es quién ahora elige y determina el rumbo de las políticas públicas, y aunque la democracia radica en la participación ciudadana (identificado en el imaginario colectivo como la sola acción del sufragio), no se interpreta como tal, sino como un instrumento de defensa ante los costos no esperados de la toma de decisiones. Existe un instrumento al que se ha acudido para amenizar y conectar con el colectivo: los símbolos, que se pueden pasar por alto pero que son esenciales para aterrizar las ideas y acciones. Idea de la cual partiremos para la continuación de lo presente. Los símbolos revividos, esos que han permanecido en los mexicanos desde nuestra errática educación, esa que la CNTE magnifica y que el nuevo grupo en el poder enarbola. El pasado “glorioso” del México bronco y antirreligioso, aunque hace uso de estos últimos para arraigarse, aún más, donde la laicidad del ejercicio público solo es retorico.

Gracias al maestro Juan de Dios Andrade por impulsarme e invitarme a escribir estas cuantas líneas que, espero, se convierta en un espacio de debate e intercambio de ideas, en una nueva etapa como columnista.

Hasta pronto…

 

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.