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Los Viejos Símbolos del Nuevo Régimen y la Manipulación Polarizante – Uzziel Marroquín

Laberinto del Homo Sapiens

Uzziel Marroquín

Los símbolos son indivisibles de la cultura política de toda sociedad, bajo el entendido de que la segunda se refiere a una serie de actitudes y creencias comunes sobre objetos que tienen relación con el sistema político construido sobre una estructura fundamental de creencias políticas, valores y expectativas (retomando los comentarios de la pasada publicación, tienden a ser cíclicas y renovarse bajo cierta temporalidad). En el nuestro confluyen una serie de estas creencias que son y fueron forjadas con el paso de la historia, algunas magnificadas y otras “satanizadas” (la historia prohibida), dentro de las cuales se encuentran los símbolos que son objetos intangibles, arquitectónicos, religiosos o de otra índole que forman parte de nuestra anatomía, que tienen un sentido político al asociarse entre nuestra psicología colectiva con valores. Como los símbolos patrios, religiosos y hasta de ocio (la selección mexicana de futbol es un símbolo colectivo que, a través de éste, reúne el sentimiento de gran parte de la sociedad).

Existen muchos símbolos que forman parte del ideario colectivo, vistos de manera generalizada como oficiales. Sucesos como el inicio de la independencia, la bandera juarista, la expropiación petrolera. Símbolos religiosos como la virgen de Guadalupe, quizás el símbolo más grande y que genera mayor unidad entre los mexicanos, entre otros. Símbolos que identifican al mexicano correcto, el mexicano ideal, el mexicano modelo. Por otro lado, se encuentran los símbolos históricos que representan el rechazo, los momentos no deseados y bochornosos, con personajes como Agustín de Iturbide, Antonio López de Santa Ana, Porfirio Díaz, Hernán Cortez, la Malinche, etcétera. Esta última a la cual el Nobel de literatura Octavio Paz, identificara como símbolo de la derrota y traición (aunque podría identificársele como de la redención, el esclavismo, la sumisión femenina, el revanchismo), del cual identificará el dolor de la grande obscenidad verbal que un individuo pueda recibir al hacer alusión a la madre. Son estos personajes y sucesos como la masacre de Tlatelolco, que en el ideario colectivo sataniza la figura del ejército mexicano, así como el PRI que liga en lo general a los partidos políticos (también de manera individual han aportado a su reputación, haciendo un parteaguas a Morena que, como el PAN en sus orígenes y ascenso al poder, prevalece una percepción distinta en el ideario del colectivo social). A la corrupción, cuando en otra etapa de la historia fue sinónimo de “saber gobernar” lema de campaña electoral del entonces candidato y actual presidente de la República, lema que no honró en la praxis, sino lo contario según la generalización de la opinión pública. Aunque haya hechos y sucesos que así lo contradigan, en cada etapa de nuestra historia se han forjado nuevos símbolos, se han modificado y/o se han arraigado.

En política el uso de estos símbolos que son parte de la comunicación política utilizada por los grupos de poder y, en este caso, he de referirme al predominante después de las elecciones del presente año. En diversas columnas nacionales y locales se tomó el tema de ciertos símbolos usados por el presidente electo, quién abiertamente ha manifestado sus filias a ciertas etapas de la historia del país, así como a personajes y ciertos símbolos históricos (para algunos una etapa a la que deberíamos volver, quizás la nostalgia de ese pasado “exitoso” donde el control del Estado sobre los poderes facticos y la economía era casi total; donde el poder político no se subordinaba a otros intereses externos como en el caso de los mercados). Se puede entender como la genialidad de comunicación política del presidente electo para reforzar su figura y percepción ante el electorado. Cabe señalar que el elector que voto por Andrés Manuel lo hizo en contra del simbolismo del PRI y del presidente Peña Nieto.

La simbología es preponderante en los mensajes del presidente electo y su grupo político, así como en la idea que tiene para aterrizar su proyecto de gobierno. Se ha hecho uso de viejos símbolos arraigados (motivo por el cual Peña Nieto incrementó su capital electoral y ahora lo hizo Andrés Manuel) en el ideario de la sociedad. Esos símbolos heredados de los vencedores de la Revolución Mexicana, que fueron forjados por el partido político que hoy se encuentra en coma (desarticulado, pero no destruido, ya que la historia nos ha enseñado que puede reconfigurarse y alzarse ante el desencantamiento de los partidos y líderes políticos contrarios). El símbolo del Cardenismo emite un mensaje (aunado a las iniciativas y cancelación del NAICM) contundente a los poderes facticos, a los dueños del capital. No obstante, se podría estar juagando con fuego y terminar provocando un incendio al no medir y avizorar los escenarios posibles, de los cuales dependen miles de empleos y mayor endeudamiento de los clientes cautivos de la banca privada.

Pareciera que se está efectuando una batalla entre izquierdas y derechas, entre el nuevo régimen político y el empresariado, entre el poder político y el económico. Estos últimos como en antaño donde el presidente “todo poderoso” dictaba las pautas del mercado por decreto. Para algunos esto representa simbólicamente el retorno a lo viejo, al viejo sistema. Para otros, es un amague donde el presidente electo demuestra su fortaleza e intención de que gobernará de manera distinta a sus predecesores. En lo personal espero lo último a lo primero, ya que de lo contrario estaríamos socavando la estabilidad económica (que discursivamente se ha negado debido a los problemas existentes en materia laboral y de poder adquisitivo) y se nos avecinaría una hecatombe que marcaría no solo el inicio del sexenio por empezar, sino que mermaría en gran medida las proyecciones de gobierno. Incrementándose el trípode maldito del desempleo, pobreza e inseguridad, que el nuevo gobierno juró combatir férreamente. Se está afianzando una rivalidad fuera del espectro político, en el cuál la sociedad es presa de una confrontación de palabras y pensamientos. Entre quienes apoyan toda moción del presidente electo contra los detractores (empresarios, banqueros, simpatizantes de la oposición, entre otros), mismo que ha sido magnificado y nutrido mediáticamente desde las redes sociales (herramienta de adoctrinamiento derivado de la falta de criterio enalteciendo las pasiones), Confrontándose por defender sus causas (descausadas y en casos sin fundamento). De esto podemos ejemplificarlo entre lo ocurrido con la llamada marcha 11.11.11 o, para los ahora “pro sistémicos”, “marcha fifi”. Se ha enaltecido desde ambas trincheras la “lucha de clases” aunque esto último sea una simple etiqueta. Haciendo uso de la psicología de las masas, sin distingo de bando. Polarizando la opinión pública, al extremo de una visión maniqueísta donde la percepción real de cada bando radica en la negación y combate al adversario. Contradiciendo los principios de la democracia, principalmente la libertad de expresión y la tolerancia. Los artífices están a la luz pública, gozan de aceptación y de bastos argumentos para llamar a las huestes a la confrontación.

Finalmente, pareciera que la historia de nuestro sistema político ha dado un giro y retornado a un punto donde la nostalgia del “pasado exitoso”, donde el control del Estado fue subordinadora (aunque a diferencia de los mejores años de la izquierda en Europa y principalmente en América Latina) y nuevamente, como en los años de la Guerra Fría, la opinión pública se polariza, aunque a menor escala. Pero que de no cesar podría rebasar las letras y pasar a las acciones violentas. Todo inicia en retórica y culmina en acto.

Twitter y comentarios: @changosapiens

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