El Precio Justo – Jeannette Núñez Catalán

La Palabra es una Llave

Jeannette Núñez Catalán

escribejeannette@gmail.com

Fue en una de mis instancias en el norte grande, una exclusiva playa solitaria Hornitos. No era en la época de turistas, por lo tanto, la tenía solo para mí.

Mis pies buscaban la tibieza de la arena clara, el sol sereno me cubría, una leve brisa hacía del todo algo perfecto.

En esos instantes, nada quería, nada necesitaba. Solo yo. Desconectada totalmente de familia, responsabilidades, urgencias, deseos. Solo yo.

En mi lento caminar por la orilla de mar, pequeños pájaros picoteaban la arena para sacar su alimento.

Miro hacia mis cuatro costados y nada, solo arena y océano. Sin pensarlo y libremente fui dejando cada una de mis ropas. Desnuda me tiendo en la arena tibia, mi cuerpo seco, arena seca. Luego de unos minutos necesite sentir el agua, el abrazo del mar, su humedad

Fui entrando lentamente en el agua, todos dicen que las aguas del sur son frías a mí me parecen aceptables y sobre todo en el norte son algo tibias.

Camine un gran trecho, quería quedar totalmente cubierta de océano. Una vez que el agua me llegaba al pecho decido caminar. Nada me apura, estoy completamente sola.

Decido tenderme sobre el agua y flotar… flotar mirando el cielo ver como caen los relojes de arena al mar.

Aves cruzan el celeste, indiferente a lo que ven abajo. Por segundos es como no existir. El cielo se sumerge en el agua.

Decido mirar mi entorno y veo que solo distingo mar, intento tocar el fondo no lo encuentro, decido nadar para buscar la salida. Nadando repentinamente empiezo a girar cual carrusel; giro de un remolino a otro. Me he convertido en un juguete del mar. Mantengo la calma es clave en situaciones difíciles. Me doy cuenta que en esta situación nadar no sirve de nada, solo me muestra lo indefensa que estoy en esta inmensidad.

A pesar de girar y girar mi cabeza se ha mantenido fuera del agua. El tiempo ya lo había visto caer al mar por lo tanto no sé cuánto ha pasado. Mar.

En la danza de giros un pensamiento se hizo palabra. “Qué manera más absurda de morir”. Sola, en un simple baño de mar. No siento desesperación ni tristeza si, desconcierto por tener que dejar todo cuando no lo imaginaba. Aun creo debo hacer tantas cosas, aun la vida me debe mucho.

Dije: Dios, que te puedo decir, yo me lo busqué; ando por la vida sin medir muchas cosas…yo soy responsable de partir así, ahora. No tengo nada que reclamarte, haré mi oración de gracias por la vida que me regalaste.

Giros, giros, giros Cierro mis ojos esperando la muerte, no veo otra alternativa. Parto a vivir la otra etapa, esa que todos temen. Estoy serena, siempre he sabido que estaría muy consiente cuándo llegará mi salida.

Cierro mis ojos giro, voy dando volteretas, el mar me arrastra, de un lado a otro, soy como un juguete en su abrazo. Con ojos cerrados avanzo a mi fin en este tumulto de arrastrarme, me lanza a la orilla, esa que no veía, esa que no encontré. Estaba ahí tirada, mi cuerpo posado en la arena.

Sin habla en el más profundo silencio. Me quedo tirada intentando comprender que ha pasado, veo que el sol ya se está poniendo. Siento frío, recuerdo que estoy desnuda.

Desorientada totalmente, no sé si caminar hacia el norte o hacia el sur, intentando ver dónde está mi ropa. Cuando el sol se deshace en rojos, fucsias y la oscuridad empieza a entretejerse.

Camino y aun no veo estrellas tampoco mi ropa apiñada como la dejé. Decido buscar en sentido contrario. Camino, camino; hasta que por fin logro ver mis prendas.

Me cubro, me dirijo a subir por uno de los acantilados con sus escalerillas de cordeles, y así salir de la playa. Siento que ya no soy la misma mujer que entró en el océano.

Dormí profundo como pocas veces, me preparo mi jugo de naranjas. Abro la puerta recojo el diario y veo las noticias. Mientras tomo mi zumo.

En la playa Hornitos, desapareció el cuerpo del turista Alexander Cohen” Infructuosa ha sido la búsqueda en el mar. Se lamenta que alguien se bañe en una playa que es sabido no es apta para el baño, debido a la cantidad de remolinos.

Confirmé que aún no había llegado mi momento de dejar esta tierra, entendía que debía hacer silencio.

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