El canto – José Contador

Reminiscencias

José Contador

Retornamos el sábado a nuestros hogares y, ese mismo día por la noche, hubo que revisar el material ya que, por la mañana, partiríamos a la siguiente sede en el Estado de Veracruz. Las instalaciones para el desarrollo del evento corrían a cargo de los grupos de supervisores delegacionales. Volamos a Veracruz y, en el aeropuerto, nos recogieron para trasladarnos a Casitas, un poblado pequeño en donde había un hotel instalado, prácticamente en la playa. Sus habitaciones la constituían una serie de búngalos. Contaba también con un local muy amplio, que fungía como comedor y sala de espera. Todo el conjunto conformaba un entorno agradable, cuyas instalaciones eran atendidas por un matrimonio que tenía un hijo como de 8 años. Con el calor que hacía, las instalaciones resultaban óptimas.

En esta ocasión, la capacitación se impartiría sólo a los de equipos de Veracruz Norte y Veracruz Sur, situación que se topó con algunas dificultades ya que, por una parte, existía mucha competencia entre ambas delegaciones y, por otra, el médico que comandaba el grupo Delegacional con sede en Xalapa tenía poco tiempo en el cargo y provenía del grupo con sede en Orizaba, Veracruz.  Así es que, unos, se enojaban porque le quitaron a su médico y, otros, porque provenía de la Delegación Opuesta.

Conforme fue transcurriendo el día, empezaron a llegar los grupos en sus camionetas. Esta vez, la capacitación incluiría a choferes polivalentes y a alojarse en los búngalos, Por la noche, durante la cena, recibimos información de horarios y lugares para la capacitación. En lo general, resultaba muy simple. Sólo había un salón grande para plenarias. Los talleres se realizaban en unas mesas largas, con una banca larga de cada lado. De las cuales había dos, cubiertas con techo de paja. Una, distaba unos cuatro metros de la otra y, ambas, estaban metidas en el mar, de tal forma que nadie utilizaría zapatos. Otra de las cosas es que tenían un cajón grande de madera, en el que se guardaba hielo, cocos y refrescos fríos y cada quien podría pasar a beber de lo que ahí había, sin costo y cuantas veces quisiera. Las noticias fueron del agrado de los asistentes, quienes aplaudieron con gran entusiasmo.

Eran pocas las construcciones que había cerca, así es que no había a dónde ir fuera de las sesiones de capacitación. Después de la cena, prendieron una fogata en la playa, a la cual se acercaban a tomar algún refresco. Al día siguiente, muy temprano, sirvieron el desayuno y, enseguida, nos pusimos a trabajar. Entonces nos dimos cuenta de que las áreas no eran tan ideales, porque al aula grande le entraba un fuerte viento que, con frecuencia, no permitía escuchar bien lo que se decía. Cuando hacían los talleres, no les gustaba tener solamente los pies en el mar. Ellos y ellas querían meterse al mar, pero el tiempo asignado a las actividades de capacitación no lo permitía. Por la noche, después de la cena, nos pusieron música para bailar.

Al día siguiente, se efectuó la capacitación mediante visitas de supervisión a diferentes unidades médicas y sus comunidades. Recuerdo que, en el segundo día, me despertó el canto de los gallos, pero nunca había oído algo tan especial. Se escuchaba el canto de algún gallo y, a la distancia, otro contestaba. Esto no tendría nada de raro. Sin embargo, puse atención a los cantos y pude percibir que los gallos que cantaban primero cantaban en una tonalidad similar y los que respondían, lo hacían en una tonalidad distinta. Cuando pude distinguir los tonos, pensé que era casualidad, por lo que puse más atención en este hecho y pude comprobar que el canto se respondía en tonalidad diferente.

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