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El canto (2) – José Contador

Remniscencias

José Contador

Salimos a la visita y, por ahí de las nueve de la mañana, los gallos empezaron a cantar nuevamente, con las mismas características que yo había escuchado por la mañana. Parecía que se ponían de acuerdo para cantar o responder al mismo tiempo. Paulatinamente, el cielo empezó a oscurecer. Gallos y gallinas se mostraban desorientados y se dirigían al sitio en donde habitualmente duermen, buena parte en árboles. El cielo se fue obscureciendo cada vez más, hasta quedar en completa obscuridad. Después de lo cual, empezó nuevamente a clarear y los gallos a cantar de una forma similar a como lo habían   hecho por la mañana. Todo un espectáculo. Tan pronto empezó a clarear, los gallos y gallinas empezaron a abandonar sus dormitorios retornando a sus actividades habituales. Es el eclipse total de sol que he disfrutado en toda mi vida.

La experiencia fue muy distinta al eclipse de luna que vi por primera vez siendo pequeño, como a los 9 años. Yo no sabía lo que era un eclipse.

Una noche, como a las 7 y media, apareció una luna llena grandota, muy luminosa, cuyos rayos se filtraban a través de las ramas de los árboles, creando sombras que con hermosura contrastaban con la brillantez de la luna.  De repente, el borde de la luna empezó a ponerse rojo y ese rojo fue cubriéndola cada vez más. Recuerdo que en una de las casas se tocaba un disco con la canción ‘Hilos de plata’. En los patios de casas aledañas empezaron a encender hogueras y la gente se movía rodeándola, a la vez que golpeaban botellas o botes de lata, creando tal ruido que aumentaba cada vez más hasta ensordecer. Para mí, eso era totalmente desconocido y sentí algo extraño, difícil de explicar. Tímidamente, salí de mi casa y fui al encuentro de uno de los grupos y les pregunté qué pasaba. En respuesta, me dijeron: ‘¿No te has dado cuenta?, la luna está peleando con el sol y, si éste gana, se acaba el mundo. Lo que habías de hacer es conseguirte una lata y golpearla para evitar que eso suceda’. El mensaje creó un impacto profundo en mi mente infantil, más aún cuando veía que la luna iba quedando más cubierta. Sentí un terrible miedo. Corrí a casa en busca de una lata, pero no encontré ninguna. En aquel momento pensé que me iba a morir y al ver que la luna se iba tornando roja y quedando cubierta, el miedo aumentaba, a un grado tal que tuve el temor de morirme. Y yo lo aceptaba, pero al lado de mis padres. Ellos se encontraban atendiendo el negocio de bonetería que mi madre tenía en el mercado municipal.

Dudaba de ir a buscarlos, porque podía ocurrir que ellos vinieran por un camino y yo fuera por otro. Por un momento quedé paralizado, pero luego decidí ir al encuentro. Por lo cual, saliendo de casa, fui por el camino habitual. Caminé poco menos de una cuadra cuando, a lo lejos, percibí la luz de una lámpara de mano. Mi corazón se llenó de alegría. Corrí a su encuentro y los abracé con todas mis fuerzas, sintiendo que podía morir al lado de ellos. Ninguno de ellos percibió mi angustia. Caminábamos juntos de regreso, cuando mi padre me hizo un comentario: ‘Mira cómo le están pegando a la luna, yo creo que pronto va a aventar la toalla. Mira cómo le ha sangrado la nariz’. A lo que le respondí, aún con miedo, ‘no te burles’. Caminamos juntos en silencio hasta llegar a la casa y yo me metí al dormitorio sin hacer ningún otro comentario y no salí de ahí sino hasta el día siguiente, cuando el sol empezaba a alumbrar.

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