El canto (3) – José Contador

Reminiscencias

José Contador

Fue para mí tan dura la experiencia, que, por lo menos en los siguientes 30 años, cada vez que escuchaba la canción ‘Hilos de Plata’ se desencadenaba en mi interior el sonido de las latas y el miedo. Ahora todo fue diferente.

Reanudamos las actividades. En el grupo del Sur, con sede en Orizaba, acudió a la capacitación una ingeniera indígena dedicada a las actividades comunitarias que hablaba el Náhuatl y se llamaba Ma. Constanza Tzitzihua. Cuando me enteré de sus características, le expliqué que, por interés propio, hacía algún tiempo venía escribiendo los dialectos de algunas regiones del país y le pregunte si estaría dispuesta a ayudarme a escribir esa lengua.

En realidad, yo no escribía correctamente los dialectos, sino que había diseñado un machote que tenía en español la palabra más habitual y enseguida escribía el dialecto con su fonética en español; es decir: escribía las palabras de tal forma que se lean la pronunciación indígena en español.

Pensaba mucho en la dificultad que un médico nuevo tenía para comunicarse con la población. De hecho, la relación médico-paciente queda rota desde el principio. La aplicación de lo que denominé “Prontuario de términos médicos en lengua indígena” contiene adverbios de tiempo y persona. Era con la idea de brindar un apoyo a los médicos que llegaban a la Unidad a dar servicios y, como no saben el dialecto de la región, tenían que valerse de un traductor. En cambio, basado en el Prontuario, si el médico le habla en su lengua, aunque sean pocas palabras relacionadas con el tiempo, los saludos y despedidas, instrucciones mínimas, alimentación, así como palabras relacionadas con los aparatos y sistemas e instrucciones para la toma de medicamentos, el paciente muestra mayor confianza.

Por ejemplo, si al llegar el paciente el médico le dice: ‘Panolti, Shimo seve’ (le está dando los buenos días e invitando a que tome asiento), el paciente lo entiende perfectamente. No se trata de que el médico domine el dialecto, sino que pueda interrogar al paciente y éste entienda lo que se le pregunta, aunque conteste con señas ‘Si’ o ‘No’.

A Constanza le entusiasmó apoyarme y por las noches, una vez terminada la cena, nos reuníamos para elaborar el Prontuario en lengua náhuatl.

Esta estrategia aplicaba cuando iba a supervisar alguna Unidad médica en la que hablara dialecto. Con frecuencia, cuando había terminado la visita de supervisión, el tiempo no alcazaba y, si había la oportunidad, solicitaba me difiriesen el vuelo para quedarme un día más sin viáticos, para avanzar o terminar el Prontuario.

Llegó el viernes, último día de capacitación. Desde el domingo anterior, cuando habíamos iniciado el curso, le solicite al médico del grupo del nivel estatal que preparara el tema relacionado con el cólera. Le entregué el material didáctico y le aseguré que yo lo apoyaría en caso necesario.

El viernes, le busqué temprano para desayunar juntos y preguntarle si tenía alguna duda, pero no lo encontré. Les pregunté a sus compañeros y ninguno me supo dar razón. La única respuesta es que lo habían visto la noche anterior. El tiempo empezó a pasar y él no aparecía.

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