La mujer con un ojo de flor – Jeannette Núñez Catalán

La Palabra es una Llave

Jeannette Núñez Catalán

Nota introductoria

El relato La mujer con un ojo de flor ganó el el VII Concurso de Cuento Corto Rosalía de Castro. La Corporación Lar Gallego (Chile), organizadora del concurso, certificó que Jeannette Núñez Catalán es la ganadora en esta edición. El concurso se realizó con el patrocinio de la Embajada de España en Chile  y la Xunta de Galicia en Buenos Aires.

La Mujer con un ojo de Flor

Estaba la mujer contemplando como lenguas y llamaradas verdes, ardientes

se tragaba el horizonte.

Se acercó un hombre atraído por la belleza de ella

Le dijo: Ja ja ja ja ¿Porque tienes ese parche en tu ojo?

Ella le respondió: no es un parche. Es mi manera de ver el mundo.

El hombre se fue, sin saber que pensar.

Ella acomodo sus cabellos cortos con sus dedos que parecían dóciles golondrinas hurgando. Respiro profundo y siguió contemplando las llamaradas que lentamente se tragaba el horizonte.

Se acercó un hombre moreno y macizo y le dijo: Pero tu mujer porque llevas una flor ahí. Apuntándole el ojo con su dedo índice.

— Es mi manera de ver el mundo

El hombre le dijo: Pero así no vez nada, y la flor solo te incomoda

— Así puedo ver mejor el mundo.

La mujer miraba como el hombre se alejaba hasta volverse invisible.

Contemplo el bello horizonte con las lenguas verdes, anaranjadas, rojizas, lilas.

Cuando viro su cabeza hacia el lado izquierdo, casi choca con el rostro de un hombre.

Es delgado de cabellos rubios; le hablo: ¿Y por qué motivo quieres ver el mundo diferente?

Ella le respondió: Solo así puedo ser yo, viendo al mundo a mi manera.

— Pero así serás muy distinta del resto

Ella le contesto: puede ser, pero es mi manera de ver el mundo.

El hombre de rubios cabellos la contemplo, rascándose su cabeza: se puso de pie y siguió su camino.

Al instante se acercó una mujer muy elegante y le dijo: Te compro tu lente de flor.

Ella le respondió: no está a la venta

— Pero piénsalo bien, con lo que te pague podrás comprar lo que quieras.

La mujer le dijo: no está a la venta, porque esta es mi manera de ver el mundo.

— Que torpeza la tuya, no querer vender a buen precio.

La mujer se alejó acomodándose el sombrero.

La mujer con una flor en el ojo seguía serena disfrutando el atardecer.

Se acerca un hombre con gafas oscuras y de trato amable.

Le dice: hermosa dama con una flor en el ojo, tu eres la compañera ideal para contemplar los siguientes atardeceres.

Te propongo seas mi esposa.

La mujer le contesto: gentil hombre eres, y si crees que viviremos felices contemplando los atardeceres; para mí será muy grato tener un compañero.

Aceptare esta unión siempre que me trates como a una flor y respetes mi manera de ver el mundo.

El siguiente atardecer, cuando lenguas amarillas verdes y lilas eran consumidas por el horizonte.

El esposo besaba las manos de su esposa y ella le respondía besándolo en la mejilla.

Así en cada atardecer el, la trataba con la delicadeza de una flor y sus caricias constantes como aletear de colibríes.

Vivieron muchos atardeceres cálidos y multicolores donde se veían entre ellos el revolotear de golondrinas y torcazas, sus manos siempre entrelazadas como enredaderas de madreselvas.

En el atardecer siguiente se veía en el celeste horizonte una esfera gigantesca color ámbar que lentamente el ocaso tragaba.

Él se acercó con la delicadeza que se toma una flor y cuando ella pestañeo; el arrancó de cuajo la flor de su ojo.

Tú no quieres entender que el mundo es uno solo y todo establecido así esta. Espero comprendas, que por amor quiero que veas el mundo como todos los demás… así como yo.

La mujer lentamente dejo de respirar, se marchito y murió.

 

Comentario

Las flores en un atardecer parecen ser la delicadeza extrema que contempla el hombre desde que tiene memoria. Pero es justamente el hombre que finalmente no se conforma con la belleza sublime, le exige algo más allá de lo que puede entregar. Pero no puede dar más que eso,  porque ya es perfecta.

Son las gafas de sol que tenemos en los ojos, no sobre nuestra cara, sino en nuestra mente, lo que impide ver de verdad, apreciar la hermosura sin filtros. Es el atardecer, la fusión del sol y la tierra, en una explosión de colores, la que enternece hasta el alma más fría. Pero los atardeceres son solo una vez al día y duran escasos minutos. La invitación de la mujer incomprendida no era para ver un atardecer, sino para transformarse en él, fundirse a esa tierra, ese sol, ese cielo en las llamaradas y derretirse eternamente con su amante.

Pero el espectáculo es demasiado intenso para permanecerlo en la mente, podría ser tan intenso que ciega. Un lente oscuro, el lente del hombre, protege, filtra los rayos. Sin embargo, ese mismo lente, muestra una realidad cambiada, que es más seca, más oscura, digamos que falsa.

¿Cómo poder permanecer entonces en la mirada hacia el atardecer? El lente ideal termina siendo entonces algo tan efímero como una flor, que crece y se desarrolla, sin que el sol la dañe, esperando cada día su nacimiento y despidiéndolo cada tarde. Aquella flor que no falsea las llamaradas como un lente, sino las transforma en energía, que no bloquea la luz, sino se funde en ella, que no busca el sentido, sino lo encuentra, es esa flor la que permite ver el atardecer, permanecer en él, y darle vida al observador, que espera ser polinizada por su amante.

La flor, un lugar aún con vida en nuestra mente, que lejano a los raciocinios se niega a morir, conserva los inicios del hombre que lo apartaron del animal, la intuición, la curiosidad por el fuego, y la ansiedad por contemplar las estrellas. Sin esa flor, la vida muere, muere como la noche del lente oscuro, muere como la mujer marchita. Algo que el hombre de lentes oscuros nunca entendió, o peor, tal vez sí lo sabía…

Eliecer Maluenda Muñoz

Psiquiatra y perito forense

Licenciatura en Cine Documental

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.