La angustia (3) – José Contador

Reminiscencias

José Contador

El nivel Central no fue informado de este hecho, sino que, transcurridos un par de meses en que se efectuó una visita de supervisión y apoyo a la Delegación, fue cuando nos enteramos del caso y se nos presentó a la auxiliar de enfermería de Cepeda, a quien pidieron que nos contara lo ocurrido.

Con las manos recogidas y con deseos de desaparecerse, la enfermera inició su relato aportándonos la información. Cuando le preguntamos ‘qué hiciste’, nos respondió con mucha seguridad que en ningún momento sintió miedo. ‘Hace algún tiempo tuvimos un brote muy severo de cólera en la unidad de Cepeda y, afortunadamente, fui llamada para apoyar al personal de la Unidad en el manejo de los pacientes. Como en esa ocasión eran muchos, fuimos perdiendo el miedo y manejábamos los casos adecuadamente, de tal forma que adquirimos habilidad en el manejo de pacientes’.

Cuando recibí la llamada, sabía que la unidad estaba descubierta pues era conocido de medio mundo que la compañera que atendía la unidad había renunciado el día anterior. Me preocupaba mucho que no hubiera quien tratara a los pacientes y me angustiaba más la posibilidad de que pudieran morir y no sé por qué, pero me sentía responsable. Por eso fui en busca de mi tío y lo convencí para que me llevara aun sabiendo que la distancia no es tan corta, menos para quien tiene que pedalearla con el peso de un pasajero, las cajas de sueros, de otros materiales y el de la bicicleta. Parece que no, pero que sí tienen un buen peso. Más aun después de haber trabajado por la mañana.

Cuando llegué a la Unidad, cerca de las 7, me encontré a tres pacientes tirados en el suelo, balbuceando y uno de ellos, prácticamente inconsciente. Sentí temor de que este paciente falleciera y, por eso, fue al primero que atendí. Casi no me costó trabajo encontrar una buena vena, la cual pude canalizar con un trocar, que es una aguja gruesa a la que conecte él suero de una bolsa de plástico, a la que rodee con el baumanómetro  y presioné la perilla para que el suero pasara a chorro, Entretanto, canalizaba a los otros dos y regresé con el primero para transfundirle, a presión, más suero  y, como no respondiera, otra bolsa más y después otra y otra, hasta que el enfermo comenzó a balbucear y a moverse. A partir de ahí, seguí con el chorro, pero ya sin el baumanómetro y observando cómo el paciente iba recuperándose poco a poco.

– ¿Cuánto le pasaste?

Contabilicé 30 litros.

– Oye pero con eso lo inundas

– Pues no fue así, poco antes de llegar a esa cantidad el enfermo empezó a recuperar la conciencia.

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