Academia Fray Alonso de la Veracruz Cultura Horizontes de Libertad

Nada se conoce si no se le ama, el amor como método de reconocimiento de una ciudad – Porfirio Tepox Cuatlayotl

Escrito con acento especial para Brisa B. S., por la alegría de saber de tu constante dinamismo en la búsqueda cultural, deseo que, en ésta, encuentres la felicidad serena

Porfirio Tepox Cuatlayotl

Profesor de la Academia de Lenguas Clásicas Fray Alonso de la Veracruz

Prenotando

El siguiente escrito, lo desarrollamos en tres momentos. En el primero, se expone, de manera breve, el modelo de una ciudad actual y algunas características de sus habitantes como son la indiferencia por conocer la cultura y la historia de su misma ciudad, enseguida, de forma sucinta, sugerimos el amor como método de conocimiento de una ciudad,  y finalmente, presentamos, como ejemplo del reconocimiento de una ciudad, el caso  de la ciudad de Puebla a través de una revisión de sus nombres antiguos: Cuetlaxcoapan y Tecaxitl, asimismo, el estudio de la toponimia de sus volcanes: Popocatépetl, Iztaccihuatl, Malinche, Poyautecatl y Cordillera del Tentzo, a los cuales adjuntamos las leyendas de amor que de estos penden.

Iztaccihuatl y Popocatepetl, enamorados eternos

Introducción                                                                    

Una imagen de la ciudad de Milán, no la de Ambrosio y Agustín, sino la moderna, la febril, la mecanizada y convulsa por el ritmo del comercio es el inicio de Italia, guía de contemplativos de Francisco Cabrera. Es Milán de hace medio siglo, ciudad hosca en su cosmopolitismo, fría en su vida pragmática, urbe donde circulan los milaneses a pie, o en estruendosos vehículos, lugar donde hay prisa en la gente que se abre camino en línea recta para acudir a sus trabajos.[1]

En efecto, la ciudad de Milán que describe Cabrera es el modelo de muchas ciudades actuales, ciudades abrazadas por una forma de vida donde gobierna la velocidad, el pragmatismo, el relativismo, el utilitarismo y el consumismo. Este es el panorama mundial que nos acontece y que, con estas características, afecta a los habitantes de toda ciudad de este estilo. Hombres que, en su primera oportunidad, desean conocer otros lugares del mundo, sin antes conocer los estratos históricos y culturales de la ciudad que ellos mismos habitan.

En verdad, el panorama mundial de la crisis universal trae consigo el mayor desinterés por conocer la historia de una ciudad, de su cultura, de sus recursos naturales, de sus hombres fundadores, de su lengua en el sentido más digno en que ésta pueda ser conocida, pues además de ser hablada, una lengua debe ser estudiada desde todas las perspectivas posibles, pues ella es contenedora de los pensamientos y de los sentimientos de los hombres, asimismo, es portadora de la cosmovisión de un pueblo, y de los hermosos paisajes que vieron nacer y que, en la actualidad, rodean a una ciudad.

En este sentido, un hombre de la época actual es un hombre con culturofobia, el cual tiene su realización plena en el conocido verso que Quevedo retoma del poeta Du Bellay:

“Buscas a Roma en Roma, oh Peregrino,

y en Roma misma a Roma no la hallas…”[2]

Amanecer y la montaña Malinche

Nada se conoce si no se le ama

¿Qué camino debemos seguir para conocer un pueblo o una ciudad? Con esta pregunta introducimos este apartado. Inmediatamente, damos respuesta a esta interrogante, debido a la exigencia de la brevedad de este trabajo. El camino empieza con el mensaje de despedida del padre Rafael Amador Tapia Zúñiga, al partir de su amada Cholula, pues a través de su ministerio sacerdotal y después de cumplir cabalmente como párroco de la Ciudad sagrada, hace suyas las palabras de Don Miguel de Unamuno con las cuales hemos titulado este artículo:

 “nada se conoce si no se le ama, lo he comprobado en mi vida, pues para conocer a una persona o un pueblo, hay que amarlo, sólo el amor nos abre a la realidad. Si sé mucho de Cholula, de su cultura, de su historia, es porque a donde he estado, he amado a todos”.

El amor como un sendero del conocimiento tiene su fundamentación plena en el filósofo de Hipona, quien decía:

si la sabiduría y la verdad no se aman con todas las fuerzas del alma, de ninguna manera se pueden encontrar. Pero si se buscan como se merece, no se pueden apartar y esconder a quienes las aman».[3]

Esto nos hace pensar que la búsqueda amorosa de los elementos fundamentales de una ciudad, de un pueblo, debe ser semejante a la reflexión filosófica de José Rubén Sanabria, tal como se anota a continuación:

“cualquier cosa, aún la más insignificante, puede ser motivo de la meditación filosófica: una palabra, una flor, una estrella, una sonrisa, un hecho cotidiano, son misteriosas voces del ser.[4]

Al hacer parte de este trabajo, las palabras de Sanabria, consideramos que aún el elemento más pequeño, puede ser un eco del pasado o un sonido del presente, no importa su dimensión, aunque sean fugaces, si se les ama, nos pueden conducir al reconocimiento de  los elementos fundamentales de la ciudad amada.

Nemo patriam, quia magna est, amat,  sed quia sua[5]   

Hemos iniciado y titulado este apartado con un pensamiento latino que es merecedor de ser cincelado en mármol, y colocado en el ágora de toda ciudad, de todo pueblo, pues a través de estas palabras sabemos que “Nadie ama a su patria, porque es grande, sino porque es suya”. En este sentido, por el amor a la tierra que me vio nacer, hoy quiero ofrecer a quienes lean este sucinto trabajo, de los muchos elementos históricos, culturales y naturales de Puebla, los siguientes, el reconocimiento de la ciudad de Puebla a través de sus nombres antiguos, a saber, Cuetlaxcoapan y Tecaxitl, asimismo, la toponimia de los volcanes de esta hermosa ciudad, me refiero a los nombres, Popocatépetl, Iztaccihuatl, Poyautecatl, Matlacueye o Malinche, y la Cordillera del Tentzo, de tal forma, a la toponimia de los volcanes, adjuntamos las historias de amor que se mantenían entre ellos.

Laguna temporal junto al Cerro Zapotecas Cholula

Los nombres antiguos de la ciudad de Puebla

En cuanto a la fundación de Puebla, Fray Julián Garcés hace una encomienda a sus hermanos franciscanos, entre ellos, a Fray Toribio de Benavente (Motolinia), de realizar  la elección de un paisaje con los atributos necesarios para cumplir el proyecto de la fundación de esta ciudad. Debido a este encargo, los frailes recorrieron y exploraron las comarcas entorno al Obispado de Tlaxcala, hasta encontrar un escenario natural irrigado por ríos y manantiales, tal como lo expone Enrique Cordero y Torres:

Espeso, tupido bosque de frondosos y altos árboles; bosque anchuroso que nacía a la falda de Amecuayatepec y que se perdía más allá de la zona de Huexotitla, se nutría con una serpenteante y pequeña corriente de aguas inmaculadas, clara y fresca que apareció ante la vista escrutadora de los humildes franciscanos, de paupérrimos y desvaídos sayales, que con el Obispo de Tlaxcala Fray Julián Garcés andaban en busca del mejor sitio para fundar una nueva ciudad en la Nueva España. [6]

Por su parte, los cholultecas hacían la entrega del Cuetlaxcoapan, pues aunque el mismo Hernán Cortés propuso que se estableciera la nueva ciudad en Cholula, a los cholultecas no les hubiera agradado convivir con los españoles, tampoco estar muy cerca de ellos, pues tenían muy fresca la memoria de la matanza de sus dirigentes y de los habitantes de la ciudad sagrada que se llevó a cabo el 18 de octubre de 1519. Por esta razón consta en el Códice Cholula que los cholultecas prefirieron ceder a los españoles la llanura del Cuetlaxcoapan. Estas fueron sus expresivas palabras: “Señores quicelia ynic amo tonahuac yesque” esto es, “Los señores reciben la tierra para que no estén cerca de nosotros”, así lo expone Justino Cortés Castellanos.[7]

Finalmente, Puebla fue fundada el 16 de abril de 1531 en el valle conocido con el nombre de Cuetlaxcoapan.

Pues bien, una vez entregadas las tierras, los nombres donde se fundó Puebla, a saber, Cuetlaxcoapan y Tecaxitl  empezaran a quedar ocultos por los estratos toponímicos que trajo consigo la  nueva ciudad colonial.

En la actualidad, el primer nombre es el más conocido, al respecto Franco apunta, Cuetlaxcoapan, denominación del valle indígena, antes que se fundara la Puebla de los Ángeles, hoy la Heroica ciudad de Puebla de Zaragoza, siendo una de las interpretaciones “sitio en donde las serpientes mudan de piel”.[8] A lo expuesto por Franco, agregamos el análisis de este topónimo, Cuetlaxcoapan, vocablo que se forma de los sustantivos nahuas cuetlaxtli, piel; coatl, serpiente y pan, partícula locativa, en. Traducción: en donde hay pieles de serpiente.

En lo que corresponde al segundo topónimo, Justino Cortés Castellanos anota que hay otro nombre, curiosamente muy poco utilizado, con el que se designa el sitio de la fundación de Puebla, a saber, Tecaxitl, cajete de piedra. De acuerdo a su estructura Tecaxitl está compuesto de: tetl: piedra, y caxitl, cajete. Asimismo, Cortés Castellanos subraya la semántica del vocablo caxitl como cajete, no vasija, pues argumenta que el primer término encierra una comprensión mayor, al referirse a un recipiente, singular, todavía hoy en uso en algunas partes del territorio nacional, y finalmente describe, un tecaxitl tiene forma semiesférica, es de piedra y está sostenido por tres pies o patas, igualmente de piedra.[9]

Teniendo en cuenta la precisión de la descripción que Cortés Castellanos hace del tecaxitl, nos apoyamos en esta y consideramos que hay una palabra más conocida en el español de México para referirse a este instrumento de cocina, la cual nos puede ayudar a una mejor comprensión del vocablo tecaxitl, nos referimos al molcaxitl, o molcajete. En este sentido proponemos que a este instrumento de cocina se le denomina tecaxitl al salir de las manos del artesano y molcaxitl una vez que llega a las manos de la cocinera.

Por último, Cortes Castellanos expone la razón de la denominación del nombre tecaxitl al anotar que la recién fundada ciudad de españoles tiene configuración geográfica de un tecajete invertido – o de un molcajete como hemos sugerido – pues está  formado por tres cerros: Tepexochio[10], Centepetl[11] y Amacueyatepec,[12] los que corresponden a cada pie o pata de este instrumento de cocina.[13]

Laguna temporal, Cerro Zapotecas Cholula

Los volcanes

Hechas las anotaciones sobre los nombres antiguos de Puebla, continúanos con la presentación de los volcanes, así, al iniciar este apartado, vienen a mi memoria aquellos años, en los que, al comenzar el día, las mujeres encienden el fogón y los hombres van a cosechar los campos para el sustento de la familia, es la época de las noches temibles y atrayentes, noches que ofrecían sus horas sombrías a las visitas más importantes, a los ritos más sagrados, al secreto de los amores que mantenían los guerreros con las cortesanas, es un tiempo en que los volcanes Popocatépetl, Iztaccihuatl, Malinche, Poyautecatl y Cordillera del Tentzo dan la bienvenida a los amaneceres, atardeceres y anocheceres del cielo mexicano. Son los años en los que se vivía poco dentro de la casa y mucho fuera de ella. Ciertamente, en aquellos tiempos trascurría la noche, sin que jamás la mirada humana dejara de escudriñar la bóveda celeste.[14]

Hoy esto nos acontece, el fogón está casi extinto en los hogares mexicanos, los campos, ya casados, producen poco, la mirada humana se encuentra distraída por la abundante tecnología y nublada por la exagerada urbanización, que solo permite ver una casa en continuación de la otra, debido a esto, el hombre ya no se atreve a poner los ojos en el cielo y mucho menos su mirada escrutadora en la naturaleza y en la tierra que los vio nacer. Consideramos que por esto el hombre está molesto, pues se ha extraviado de su camino, y no le queda otra opción que refugiarse en su actitud de indiferencia, de negligencia, en su falta de voluntad por conocer los tesoros de los cuales la lengua es contenedora, pues, ciertamente, la lengua le da contorno a las cosas de la naturaleza: las estrellas, los ríos, los mares, las montañas, los valles, la flora y la fauna.

Sin ir más lejos con esta introducción a las montañas, vayamos de camino en los senderos de la cultura y de la naturaleza, pues es momento de exponer a los tres primeros volcanes que, aunque dominan los paisajes del valle poblano, actualmente son poco comentados en las conversaciones, a excepción de alguna contingencia volcánica, una vez pasada ésta, vuelven a quedar ensombrecidos por la indiferencia de la gente. Por esto, enseguida desplegamos el análisis etimológico de sus nombres, y una leyenda de amor que pende de estas montañas. Ciertamente, sendos elementos, a saber, el estudio de la toponimia y de las leyendas nacen del amor por conocer a nuestra tierra, a nuestra ciudad, de tal forma que esto nos conduzca a un recogimiento y a un arraigamiento hacia ella misma.

Popocatepetl con fumarola

Popocatepetl, Iztaccihuatl y Poyautecatl, el origen de sus nombres

Al seguir el sendero etimológico, este nos devela que el nombre Popocatepetl, esto es, la montaña humeante, es un vocablo que reúne el frecuentativo del verbo poca, a saber, popoca, humear mucho, y el sustantivo tepetl, montaña.

Por su parte, Iztaccihuatl o Iztactepetl, mujer blanca o montaña blanca respectivamente, De acuerdo al análisis de sendos vocablos, estos se componen del adjetivo iztac, blanco; y de los sustantivos cihuatl, mujer; y tepetl, montaña, correspondientemente.

En cuanto al Poyautecatl, este vocablo integra el verbo poyaui, hacerse las nubes ligeras (niebla);  y tecatl, desinencia que indica gentilicio. Poyautecatl, el que habita en la niebla.

Popocatepetl, tarde de invierno

Popocatepetl, Iztaccihuatl y Poyautecatl, una historia de amor inconclusa

Estos volcanes también pueden ser reconocidos por los amores que mantenían entre sí, y que fueron hechos leyenda por los pobladores del valle del Anáhuac y del valle poblano. A continuación exponemos una síntesis de la leyenda de amor de estos gigantes:

Cuentan que en aquellos años, un grupo de guerreros mexicas salió a la conquista de las tierras del sur, entre ellos iba Popocatépetl, quien estaba confiado de que a su regreso victorioso, solicitaría la mano de su amada Iztaccihuatl, pero el destino no siempre se cumple, y su batalla se hizo acompañar de la derrota.

Otro de los enamorados de la hermosa Iztaccihuatl era Poyautecatl, quien la amaba en secreto. Poyautecatl, al enterarse de la derrota de Popocatépetl, se sirve de la mentira para lograr el amor de Iztaccihuatl a quien le comunica que su amado ha muerto en batalla.

Conviene recordar que Iztaccihuatl había jurado amor eterno a Popocatépetl, por lo cual, aturdida por la noticia reclama de la tragedia sucedida al dios Tezcatlipoca, quien molesto por el reclamo, da como respuesta un sueño eterno a Iztaccihuatl. Por este designio del dios, ahora Iztaccihuatl ya no solamente espera con su amor eterno a Popocatépetl, sino también con su sueño infinito.

Por otra parte, es de sobra conocido que la suplicas de Iztaccihuatl sí fueron escuchadas, para el caso, por el dios Quetzalcóatl quien dio protección a Popocatépetl, pero la doncella, a causa de su sueño eterno, ya no pudo ver el regreso de su amado, que, aunque derrotado en tierras lejanas, vuelve con honor en busca de su hermosa Iztaccihuatl.

Enseguida, Popocatépetl es informado del sueño perpetuo de Iztacccihuatl, y de que la causa de tal sueño había sido la mentira de la que se había aprovechado Poyautecatl para lograr el amor de la joven hermosa. Por este motivo, Popocatépetl se traba en batalla con Poyautecatl, a quien deja mal herido. El guerrero mexica, al término del duelo, va en busca de su amada Iztaccihuatl, quien se encuentra recostada a la mitad del valle, y duerme en sueño profundo. Ahora Popocatepetl se arrodilla a su lado, triste, corta flores hermosas, flores de aroma exquisito para colocarlas a los pies de su adorada doncella, también con un incensario quema copal, y al momento, el pájaro cenzontle llena el viento con su canto. Cuenta la leyenda que mientras esto acontecía, todo se estremeció en la tierra y el cielo, todo se nubló.

Al amanecer, estaban allí donde antes era el valle, dos montañas nevadas, una tenía la forma de una hermosa mujer recostada sobre una estera de flores blancas, hoy llamada Iztaccihuatl; otra, alta y majestuosa, con figura de un guerrero mexica, arrodillado junto a los pies nevados de Iztaccihuatl, reconocido este volcán con el nombre de Popocatepetl. Desde entonces sendas montañas custodian el valle del Anáhuac y valle de Puebla.

En cuanto a Poyautecatl,  se cuenta,  que fue a morar muy cerca de estas tierras, el cual también se trasformó en una montaña cubierta de nieves. Hoy, este volcán es más conocido con el nombre de Citlaltepetl o cerro de la estrella. Poyautecatl, aun vigila a los enamorados eternos, Popocatepetl e Iztaccihuatl, a quienes ya nunca podrá separar.[15]

Iztaccihuatl y Popocatepetl, enamorados eternos

Matlacueye (La Malinche o Malintzin) y el Tentzo

Una vez que hemos expuesto de manera concisa a los volcanes, Iztaccihuatl, Popocatepetl y Poyautecatl, en esta sección corresponde conocer algunos aspectos de la montaña Matlalcueye, Malinche y la Cordillera del Tentzo, de los cuales también analizamos sus nombres y la historia de amor que de estos depende, tal como se expone en seguida.

El primer nombre, Matlacueye, incorpora las palabras matlalin, azul; cueitl, falda y  -e, sufijo posesivo. Traducción: la que posee la falda azul. El segundo, Malintzin integra los vocablos malinalli, planta de enredadera; y -tzin, sufijo reverencial de carácter diminutivo que significa venerado. Traducción: la pequeña y venerable planta de enredadera. Consideramos que de Malintzin se pasó a Malinche, esto por la comparación con las siguientes palabras de origen náhuatl: de tlacuatzin a tlacuache, y de toloatzin a toloache.

En cuanto a Tentzon, este nombre es traducido como el señor de las barbas, debido a que en este vocablo se reúnen las palabras tentli, boca y tzontli, cabello, esto es, tentzontli, cabellos de boca, es decir, bigote, y por extensión, barba. De acuerdo al genio de la lengua náhuatl, una forma más apropiada para decir barba corresponde a la integración de los vocablos camachalli, quijada, mentón; y tzontli, cabello, lo cual da como resultado camachaltzontli. En sentido estricto, el señor de las barbas debe escribirse camachaltzontecutli o tenzontecutli.  Ciertamente, los habitantes cercanos a la cordillera del Tenzon también lo llaman “El viejo”, o “Viejito”, sin duda esto corresponde a la forma que ven de la montaña semejante a un viejito, pongamos el caso de los habitantes de Atoyatempan.

El Tentzon y la Malinche, un amor imposible

Entre Malinche y Tentzon también existe una historia de amor, que, en la actualidad, todavía cuentan algunos habitantes de los pueblos cercanos a la cordillera del Tentzon, tal como se lee en las siguientes líneas:

-Yo ya no lo vi, dicen que anteriormente la Malinche estaba de lado de Huehuetlán, pero el Tentzo la enamoraba, por esto, la Malinche se pasó para allá donde se encuentra hoy. En aquellos años, el Tentzon era una especie de volcán al cual, para corresponder a su amor, la Malinche le dijo:

Sí, te acepto y me caso contigo, pero vamos a hacer un trato, se van a formar unas nubes sobre mí, por esto, va a caer una tromba, un gran aguacero. Tenzon, si tú logras detener el caudal de agua, si logras atajarlo, me caso contigo.

Entonces el Tentzon contestó: “sí, acepto. Y cuando empezó a llover, la lluvia se convertía en una tromba, en un torbellino de agua. En aquel momento, el Tentzon se arrojó para contener el caudal, pero no lo logró atajar, entonces el caudal pasó por Molcaxac, por una parte del cerro.

La Petición hecha por Malinche al Tenzon, no se pudo llevar a cabo, por esto no se pudo realizar el matrimonio.[16]

Conclusión

Hemos llegado al final de este recorrido el cual dio inicio con el modelo de una ciudad hosca, febril y pragmatica que describe Cabrera, urbe donde transita la gente a pie, o en ruidosos vehículos, lugar donde hay prisa en la gente que se abre camino en línea recta para acudir a sus trabajos. Sin duda, las calles de este tipo de ciudades se convierten en el raro camino del poeta Herman Hesse: “extraño camino por la niebla, nadie conoce a otro, todos estamos solos”[17].

Es así que para mitigar un poco la velocidad, el pragmatismo, el relativismo, el utilitarismo y el consumismo, que nos gobierna, para sofocar un poco este mundo de negligencia e indiferencia que nos acontece, hemos recurrido al amor como método de conocimiento tal como lo cita Unamuno, “nada se conoce si no se le ama”, pensamiento fortalecido por san Agustín citado por Sanabria, “si la sabiduría y la verdad se buscan como se merece, no se pueden apartar y esconder a quienes las aman”, a esto, queremos agregar un elemento más de Gabriel Marcel, “el amor es el dinamismo que impulsa a un conocimiento real y profundo del otro”.[18]

Por todo esto, y por el amor a la tierra que me vio nacer, he tratado de reconocer un poco más de la misma, pues queremos escapar del extraño camino por la niebla y de esta manera colocar, nuevamente, la mirada escrutadora en el cielo y en las estrellas, en los mares y en los ríos, en los bosques y en los volcanes, para el caso, Popocatepetl, Iztaccihuatl, Poyautecatl, Malinche o Matlacueye, y cordillera del Tentzo, asimismo, volver a imaginar, soñar y gozar de la compañía de las leyendas de amor inconcluso que se sujetan a estos volcanes.

Para finalizar es conveniente remarcar que consideramos que los nombres de estos volcanes, Popocatepetl, Iztaccihuatl, Poyautecatl, Malinche o Matlacueye, y Cordillera del Tentzo, al cual sumamos los nombres antiguos de Puebla, Cuetlaxcoapan y Tecaxitl,  son más que mero lenguaje, son el resultado de los creadores de cultura, hombres que vivieron, nombraron y amaron su tierra, hombres que quedaron en el anonimato, pero que de hoy en adelante, aunque sólo conozcamos sus sentimientos y sus pensamientos debido a su legado cultural, serán nuestra eterna compañía en la configuración de la ciudad actual y en las configuraciones de las ciudades venideras. Aquellos hombres, los creadores de cultura son como los primeros rayos del sol que, al amanecer, cobijan de las gélidas mañanas de invierno.

[1] Cabrera Francisco, Italia, guía de contemplativos, México, 1967.

[2] Ídem.

[3] Sanabria José Rubén, Introducción a la filosofía, México, Editorial Porrúa, 1979.

[4] Ídem.

[5] Pimentel Álvarez, Julio, Gramática latina, método teórico-práctico, México, Editorial Porrúa, 2006.

[6] Cordero y Torres, Enrique, Historia del río de San Francisco, enbovedamiento y Boulevard «Héroes del Cinco de Mayo«. México, Centro de Estudios Históricos de Puebla, 1978.

[7] Castellanos Cortés, Justino, Analco, al otro lado del río, Puebla, México, Abc, ediciones y servicios, 2016.

[8] Franco Felipe, Indonimia geográfica del Estado de Puebla, H. Puebla de Zaragoza, diciembre de 1976.

[9] Castellanos Cortés, Justino, Op. cit., p. 17-19

[10]Tepexochio, montaña ubicada  a un costado de la 25 zona militar en la ciudad de Puebla.

[11] Centepetl, actualmente conocido con el nombre de cerro de la Paz o cerro de San Juan.

[12]Amacueyatepec elevación ubicada a la atura de los Fuertes de Loreto.

[13] Castellanos Cortés, Justino, Op. cit., p. 19

[14] Cfr. Soustelle, Jacques, La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.

[15] Cfr. Leer y escribir en la vida, Leyendas y relatos a media voz, Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA, 2005, y Cordero Vázquez, Donato, Leyendas Clásicas de Puebla, México, Puebla junio 2009.

[16] Cfr. Badillo Gámez, Gabriela Samia,  Tesis: Relatos sobre el Tentzo y otros seres sobrenaturales de la tradición oral de la región centro-sur del estado de Puebla” San Luis Potosí, S.L. P, El colegio de San Luis, A.C., 2014.

[17] Herman Hesse, citado por Sanabria en Sanabria José Rubén, “Meditación en torno a la soledad”, en Humanitas, núm. 13, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, México, 1972.

[18]  Gabriel Marcel citado por Sanabria en Sanabria José Rubén, “Gabriel Marcel, filósofo de la interioridad, del amor y del absoluto” cuadernos del Instituto Filosófico de Balmesiana, Año 46, Nº. 116, 1997, págs. 143-158.

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